El abuelo que conocí después (II)

Continuación del artículo publicado por Felipe Vega de la Cuadra en Letras del Ecuador, en 2003, acerca de su abuelo, José de la Cuadra.

Conozco también otra historia, una que se fue hilvanando con el tiempo; cuando la saga fabulosa reclamaba explicaciones terrenales y yo hacía preguntas buscando un José de la Cuadra más real, más explicable. Fueron largas pláticas con mi abuela Inés, recostados ella y yo: sea acompañados por el rítmico bisbiseo de ventilador en la modorra de las tardes en Guayaquil, o abrazados y arropados en las noches frías de Cuenca. Allí se me reveló, poco a poco, un abuelo diverso, con facetas, múltiple, tal como sería quien pueda escribir lo que él escribió. Allí, las cosas, algunas de ellas doloridas, que sobre él decía mi abuela casi susurrando en medio de su reflexiva intimidad conmigo, formaron la dimensión integra de ese escritor inmensa y enigmáticamente humano.

Por esa misma razón me inclino a creer que sería un hombre capaz de los actos de generosidad más antológicos y al mismo tiempo podría volverse implacable y aproximarse hacia los linderos de la crueldad. Pedro Jorge Vera me contó una noche de tragos en Cuenca, que Pepe –como familiarmente lo llamaba su amigo Pedrojor– regaló una máquina de escribir a Joaquín Gallegos Lara, que por la época, como todo comunista que se precie, vivía en la más proletaria de la pobrezas. Pero, por una ofensa confusa y jamás bien aclarada, mi abuelo montó en cólera y prevalido de su condición de Juez del Crimen, mandó un alguacil para que, en un acto de humillación pública, quite el regalo a su compañero escritor. La revancha, según mi abuela, fue mucho más grave: José de la Cuadra había terminado de escribir su novela Los monos enloquecidos y Gallegos se hizo de los manuscritos una de noche de bohemia, luego murió mi abuelo y los originales desaparecieron. Contaba mi abuela, dejando salir algo de un añejo resentimiento que, después de muerto Joaquín Gallegos, ella reclamó a su madre los manuscritos de la novela para luego de un sinfín de intentos y solicitudes recuperarlos incompletos.

Y esa pérdida, me convoca a enlistar otras, que van desde la desaparición su biblioteca, dañada por agua en una bodega de Cuenca, o vendida a peso, como inicuo botín de algún cuñado o sobrino político urgido por unos sucres; hasta la memoria misma del autor, quien soportó, una vez muerto, la infamia de la revancha política del Presidente Arroyo del Río, cuando prohibió a las entidades de gobierno publicar condolencias por la muerte de José de la Cuadra…

Yo iba a visitar su tumba, perdida también entre muchas tumbas iguales del cementerio de Guayaquil, sin lápida hasta hace pocos años, apenas escrito su nombre con pintura negra sobre el encalado. No era correspondiente con el hombre que descansaba dentro, pero era la repetición del ominoso destino de los grandes creadores: el olvido. Hasta que la misma humanidad, avergonzada de su agravio, los recupera y los reconoce como sus propios y más luminosos forjadores. Hoy, más de un siglo después del nacimiento de mi abuelo, el escritor José de la Cuadra, eso sucede y también yo redescubro todo lo que tengo de él…

Felipe Vega de la Cuadra
30 de abril de 2003

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