El abuelo que conocí después (I)

José de la Cuadra

José de la Cuadra

Esta es la primera parte de un artículo que publicó Felipe Vega de la Cuadra en Letras del Ecuador en 2003, y que nos ha cedido amablemente. En él habla de su abuelo, José de la Cuadra, el autor de Los Sangurimas y cuya obra fue declarada patrimonio intangible del Ecuador.

La única cosa que tengo de José de la Cuadra, mi abuelo, es una fotografía suya: el pelo peinado hacia atrás por la tenacidad de la gomina, las sombras fuertes haciendo aún más fuertes los rasgos de su rostro señero. El hombre del retrato siempre tuvo para mí la edad antigua de los muertos, de un pariente que no conocí, pero que por la persistencia de las menciones e historias de mi madre, de mis tíos, de mi abuela, fue tomando una vida vaga e inevitable, congelada en el tiempo y en los recuerdos.

Apenas hace un tiempo, 62 años después de su muerte, me senté a mirar su foto, a verla con otros ojos, menos cotidianos. Renunciando a la costumbre de pasar por alto los detalles, hice el ejercicio voluntario de recorrer cada línea, cada porción de sombra, cada nimiedad, hasta que se me fue revelando en un rostro nuevo, distinto, desconocido para mí. Descubrí un muchacho de veinte y pico, apenas algo mayor a mi hijo, con ojos angustiados por el peso de un don extraño y atemorizante: la genialidad. No era más el ilustre abuelo rodeado por un halo de reverencia y legendaria ambigüedad –son muchos los cuentos que se dicen sobre el padre del cuento ecuatoriano– se me reveló más bien como un hombre atravesado patéticamente por las contradicciones humanas, con la vocación atroz de convertirlas en descarnadas lecciones de vida; de una vida cortísima que apenas le alcanzó hasta los treinta y siete.

De él conozco una historia inocentemente forjada por mi madre, cuyos recuerdos de José de la Cuadra se han congelado en las brumas de la memoria de una niña de once años. Es un cuento con olor a jabón y perfume que se posa en las cotonas blancas y en la «tostada de mocora» de su padre, amoroso e impecable en medio de la bochornosa humedad de Guayaquil de los años treinta. Es una fábula en donde una princesita niña es homenajeada por el doctor De la Cuadra, como habría sido cuidada y reverenciada la mítica Anastasia por su padre el Zar. Es la historia de barcos de vapor navegando al sur, hasta Valparaíso, es la institutriz alemana, es el tren de los Andes bufando y vomitando humo en los altos y nevados pasos de la Argentina, es el descomunal negro, casi esclavo, que cuidaba a la niña Ana Tula y que, con el esmero con el cual se trata a una muñeca de porcelana, la llevaba de la mano, la cargaba como gigantesco corcel azabache y la enseñaba a nadar. Es una mítica aparición de mi abuelo en la madrugada, abriendo violentamente las persianas del dormitorio de mi madre, flotando fantasmal en el ambiente, dándole un beso gélido en la frente y despidiéndose de ella con un susurro, es un augurio de angustia y de tragedia para una niña que vio derrumbarse a su padre un miércoles de ceniza del año 41 herido de muerte en el cerebro por un derrame inevitable; y que luego vivió años de derrumbes, de pérdidas y de soledades, convencida de una historia distinta y venturosa, «si papá no hubiera muerto». […]

Continúa aquí.

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Un comentario

  1. […] Continuación del artículo publicado por Felipe Vega de la Cuadra en Letras del Ecuador, en 2003, acerca de su abuelo, José de la Cuadra. […]

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